Buena reacción de los jóvenes
Me preocupan mucho las noticias en relación con los enfrentamientos entre grupos radicales de jóvenes. Aún más el herido del otro día en Cáceres. Me enorgullece la reacción de la mayoría de los jóvenes y de sus organizaciones juveniles. Han estado a la altura. Pero me gustaría que reflexionemos un poco sobre todo esto. Dadme vuestra visión. Si tenéis información también. No es un tema que se pueda despachar con comentarios superficiales. Cuidado con este fenómeno.
El cuaderno de Guillermo Fernández Vara, Publicado por Guillermo // 24.11.07
Raimundo dijo... (comentario no publicado)
Sr. Presidente: La violencia juvenil… veamos. En Galicia, a principios del s. XX, uno o dos jóvenes morían en todas y cada una de las fiestas patronales por las peleas de los mozos de la aldea contra los forasteros, que querían ligar. Una emigración masiva y una pareja de la Guardia Civil en todas las fiestas acabaron con la sangría, con la brutalidad… de la superpoblación.
En los años 80, las madres gallegas que luchaban contra la droga, definieron al heroinómano típico; eran los mas sensibles. Los mejores de esa generación se autodestruyeron. Actualmente son los médicos quienes alertan. Las mas inteligentes, las mejores, siguen autodestruyéndose, ahora con la anorexia (ya hay niños de 10 años afectados) y drogas a la carta.
La autodestrucción es la respuesta individual al caos, y la destrucción es la respuesta del grupo a ese mismo caos (al “No Future”, de los punkies). No es algo inevitable. Hay alternativas, como la creatividad. La del botellón, por ejemplo.
Cuando un grupo de amigos no tiene dinero para pagar a precio de oro la garrafa de los pubs, inventan el “botellón”… y salvan la fiesta, salvan una forma de sociabilidad, de las pocas que quedan. La recrean en la calle, y vencen al aislamiento (En Santiago se celebra en la Herradura, un espacio hermoso… y sin vecinos. Con borracheras, como siempre). Es una victoria de los jóvenes imaginativos. Es una solución (a costa del sueño de los demás, pero una solución).
Los jóvenes necesitan un espacio social propio, y si no lo hay (y en las grandes ciudades desde luego que no) lo crean. Para bien, como el botellón, o para mal, como los hooligans del fútbol (mimados por las directivas, que les permiten amenazar a los jugadores); las nacientes bandas de los barrios (que controlan la distribución de droga en ellos); las tribus urbanas de ultras (mimados por elementos de las policías locales); o de skins, okupas etc., creados por un mercado de trabajo raquítico y la imposibilidad de disfrutar de una vivienda en la octava potencia económica del mundo (por poco tiempo). Si dentro de la política no hay caminos, se salen del camino.
Entre los jóvenes, es el grupo el que tiene que vivir, trabajar, jugar, idear… necesitan estar inmersos en “su” sociedad, y esa sociedad de amigos debe tener una clara perspectiva de futuro. Un futuro muy problemático. Van a vivir en una perpetua revolución tecnológica, en unos malditos “tiempos interesantes”, que dicen los chinos. Necesitan seguridad, saber que pueden ganarse el futuro. Necesitan autoestima. Alta, como la de los emprendedores de Iniciativa Joven, que no necesitan andar a navajazos para autoafirmarse, pero ¿Cómo anda la del resto? Por los suelos.
Exigen soluciones colectivas que desarrollen las distintas capacidades de su cerebro (dibujar, cantar, debatir, bailar, correr, crear, reflexionar, subir al Himalaya, en grupo o individualmente). Para salvar su autoestima, insisto.
En Extremadura hay redes sociales para la innovación, lo mas difícil. ¿Por qué no extenderlas a estas actividades? Debería ser mas fácil. Y debería ser en el instituto, en el escenario de la batalla para ganar el futuro, cuando se sostenga toda esta comunidad de nuevos intereses que encarrilen la sociabilidad de los jóvenes. Y se convierta en la puerta de entrada a la acción política real.
¿Tienen los institutos extremeños redes sociales para alumnos que quieran pintar? ¿Para grupos de pop, rock, rap? ¿Para baile, contemporáneo, flamenco, tradicional? ¿Para atletismo? ¿Para las actividades de riesgo de los mas activos? ¿Para debate?¿Redes sociales para científicos? ¿Redes sociales (locales, autonómicas, nacionales) para el 90% del alumnado? ¿Y periódicos digitales en los que contar lo que les pasa?
El actuar en estas redes sociales les daría autonomía, relaciones, seguridad en sí mismos. Autoestima. Para no caer en la autodestrucción, en la destrucción.
Como (más o menos) decía Picasso, nadie debería sentirse derrotado a los 14 años. Deduzco que debería sentirse autosuficiente.
Un saludo a todos (y vuelvo a pedir perdón por estos comentarios tan largos… a los que ya nos vamos acostumbrando).
oistrakh_spirit dijo...
La defensa de un valor tan importante como el del respeto a los demás merece todo mi apoyo. Normalmente estas "historias" acaban mal. Pero, ¿de qué otro modo podrían acabar?
25 de noviembre de 2007 0:21p. dijo.. De cualquier modo, creo que la cuestión radica en los niveles de insatisfacción y frustación individual, es decir, del anhelo por un estado mayor de felicidad, como un bien escaso competido con nuestros semejantes (instinto de supervivencia). Por ello, hay que facilitar a los "pequeños ciudadanos" suficientes herramientas psicológicas para que sean competentes a lo largo de sus vidas, pudiendo afrontar cualquier situación en las mejores condiciones posibles para su integridad física y psíquica.
En resumen, una buena alfabetización emocional (empatía, asertividad, etc.) y un aprendizaje social en valores positivos desde el ámbito socio-familiar, son quizás las mejores vacunas para prevenir/erradicar cualquier forma de discriminación humana.
Sr. Presidente, no he dejado de pensar en los comentarios de paqui, helios y rosa roja sobre la represión franquista, sobre el terror… sobre Gaza, sobre Darfur.
Durante la ocupación de Polonia por los nazis, un soldado alemán de 18 años, seguramente hijo de obreros, está de guardia en un puente de Varsovia. Hace mucho frío. Quizás no ha comido. Tiene sueño.
Una madre judía, y su hija de siete años, piden limosna en ese mismo puente. Con su estrella de David cosida a la ropa. La niña es bellísima.
Un paseante polaco se compadece de ellas, de la niña. Le da una limosna. Al soldado, ese gesto de humanidad le acaba de estropear el día.
Apunta con su fusil a las mendigas y le grita al compasivo polaco: “Voy a tirar al río a una de las dos, elige a cual de ellas. A la hija o la madre. Si no eliges a ninguna, ahogaré a las dos”
Es la “decisión de Sofía”, a la que tarde o temprano se enfrentan quiénes viven en esas épocas. Denunciar, o ser denunciado. A capricho del asesino. De la crueldad de los soldados.
Cada uno se salva como puede. En EE UU el linchamiento pervivió hasta los años 50. Cualquier negro algo levantisco podía acabar quemado una noche. Un terror… de perfil bajo.
La táctica de supervivencia de las familias negras era inculcarles el “miedo al blanco” a sus hijos (la sumisión). No es el “síndrome de Estocolmo”, es una forma de supervivencia del esclavo. De proteger a sus hijos. De librarlos del orgullo que conduce al linchamiento.
Como en España durante la guerra, separarlos de su identidad, del propio pensamiento.
En cambio, en la posguerra hubo un acuerdo social tácito, unánimemente adoptado (excepto en círculos de privilegiados franquistas)… el de no trasmitir a los niños el odio, para alejarlos de una resistencia, de una muerte temprana, pero también para amparar su futura libertad.
La estrategia funcionó. No se les hablaba del miedo, de los crímenes, de los muertos. Nadie.
Así las generaciones de la transición conocieron las historias del miedo ya mayores, cuando podían asimilarlas, cuando podían seguir otros caminos que no fuera el de venganza, el de linchar al delator. El de la justicia. El de la libertad.
No se valora mucho el que una sociedad, espontáneamente (instintivamente), salvara a sus hijos de la iniquidad, de la contaminación del rencor, para que pudieran vencer en su futuro, al terror… para que (ellos al menos) se salvaran de hacer guardia en los puentes de Varsovia.
Como así ha sido. Gracias a la grandeza de espíritu de una generación. La de la guerra y postguerra. La más desgraciada.
Un saludo a todos